Redacción Frontera Ink.
A solo 50 kilómetros al sur de nuestra ciudad se extiende uno de los escenarios más imponentes del continente: los Médanos de Samalayuca. Este desierto de arena sílica blanca no solo es el campo de dunas más grande de Norteamérica con sus 63,000 hectáreas, sino que es un ecosistema vivo que cambia de forma cada mañana gracias al capricho del viento.
Lo que hoy vemos como una extensión infinita de arena, hace millones de años fue un mar interior, una teoría respaldada por el hallazgo de fósiles marinos de la era cuaternaria entre los médanos. Pero su riqueza no es solo geológica; en la sierra colindante, más de 3,000 petrograbados con 1,500 años de antigüedad cuentan la historia de los primeros habitantes de la región, quienes plasmaron astros y animales como el borrego cimarrón en las rocas.
Samalayuca ha sido también el “Hollywood del desierto”. Debido a su parecido con el Sahara, directores de la talla de David Lynch eligieron estas dunas para filmar la versión original de Dune en 1984, y el legendario Luis Buñuel rodó aquí Simón del Desierto. Hoy, ese misticismo cinematográfico convive con el turismo de aventura, atrayendo a quienes buscan la adrenalina del sandboarding, recorridos en 4x4 o la paz de una cata de sotol bajo uno de los cielos más estrellados del país.
Visitar este tesoro natural requiere respeto al clima: el termómetro puede castigar con más de 45°C en verano o congelar a ‑10°C en invierno. Por ello, la recomendación para los fronterizos siempre es la misma: entrar por el ejido Villa Luz, contratar un guía local para no perderse en la inmensidad móvil y, sobre todo, dejarse conquistar por el silencio del desierto que vigila a Ciudad Juárez.
Créditos: Datos históricos y geográficos del Área de Protección de Flora y Fauna Médanos de Samalayuca.





