‘microcheating’ El sutil arte de la traición digital: cuando un ‘like’ se convierte en infidelidad

Por Redac­ción Fron­tera Ink | Con infor­ma­ción de Asso­ci­at­ed Press

En la era del scroll infini­to y las noti­fi­ca­ciones per­sis­tentes, la fron­tera de lo que con­sti­tuye una traición en pare­ja se ha vuel­to tan del­ga­da como la pan­talla de un smart­phone. Ya no se tra­ta solo de encuen­tros clan­des­ti­nos o lla­madas a medi­anoche; hoy, la dis­cor­dia tiene for­ma de un corazón en una fotografía antigua o de un men­saje direc­to envi­a­do con la esper­an­za de no ser vis­to. Este fenó­meno, bau­ti­za­do por sociól­o­gos y ter­apeu­tas como microcheat­ing o microin­fi­del­i­dad, está redefinien­do las reglas del com­pro­miso mod­er­no, según un exten­so análi­sis pub­li­ca­do recien­te­mente por Asso­ci­at­ed Press (AP).

El tér­mi­no, que comen­zó como una eti­que­ta viral en redes sociales, ha gana­do peso en los con­sul­to­rios de ter­apia de pare­ja. El microcheat­ing se define como una serie de pequeñas acciones que, aunque no impli­can con­tac­to físi­co o una relación sex­u­al explíci­ta, cul­ti­van una intim­i­dad inapropi­a­da con alguien fuera del vín­cu­lo prin­ci­pal. Es, en esen­cia, un coque­teo dig­i­tal que vive en la zona gris de la leal­tad.

Exper­tos con­sul­ta­dos en el reporte orig­i­nal sug­ieren que la clave de este com­por­tamien­to reside en el secre­to y la inten­ción. No es el acto de seguir a una per­sona atrac­ti­va en Insta­gram lo que gen­era la heri­da, sino el patrón de inter­ac­ción: bus­car acti­va­mente la aten­ción de esa per­sona, reac­cionar a sus his­to­rias de man­era sug­es­ti­va o man­ten­er con­ver­sa­ciones que, de ser leí­das por la pare­ja, requerirían una expli­cación incó­mo­da. Acciones como guardar un con­tac­to bajo un nom­bre fal­so, revis­ar obsesi­va­mente el per­fil de un ex o com­par­tir bro­mas pri­vadas con un “ami­go” con el que existe una ten­sión sex­u­al no resuelta, son las piezas de este rompecabezas de la desleal­tad dig­i­tal.

La psicólo­ga Tyra But­ler señala en el informe de AP que el cere­bro humano proce­sa la aten­ción como una mon­e­da de cam­bio. En las redes sociales, esa aten­ción se tra­duce en dopam­i­na. Cuan­do una per­sona bus­ca val­i­dación exter­na a través del flir­teo dig­i­tal, a menudo le está restando esa mis­ma energía y pres­en­cia a su relación prin­ci­pal. El prob­le­ma, entonces, no es la tec­nología en sí, sino el desplaza­mien­to de la intim­i­dad emo­cional hacia un ter­cero.

La ambigüedad es el may­or ali­a­do del microcheat­ing. Al no exi­s­tir una regla uni­ver­sal sobre qué es “demasi­a­do”, muchos usuar­ios se refu­gian en la excusa de la inocen­cia: “Es solo un like”, “estás exageran­do”, o “somos solo ami­gos”. Sin embar­go, los sociól­o­gos advierten que la deshon­esti­dad comien­za en el momen­to en que se ocul­ta la pan­talla cuan­do la pare­ja entra en la habitación o se bor­ran his­to­ri­ales de búsque­da por temor a ser des­cu­bier­tos. Si el com­por­tamien­to requiere ocul­tamien­to, la con­fi­an­za ya ha sido vul­ner­a­da.

Este dile­ma plantea un nue­vo desafío para las pare­jas del siglo XXI: la necesi­dad de nego­ciar “tér­mi­nos y condi­ciones” que nun­ca antes existieron. En gen­era­ciones ante­ri­ores, los límites eran claros debido a la fal­ta de conec­tivi­dad. Hoy, la posi­bil­i­dad de estar en con­tac­to con­stante con miles de per­sonas obliga a las pare­jas a definir qué niv­el de inter­ac­ción dig­i­tal es acept­able. El reporte de AP con­cluye que el microcheat­ing no es nece­sari­a­mente el fin de una relación, pero sí es un sín­toma de una fal­ta de trans­paren­cia que, si no se abor­da, suele ser el pre­lu­dio de frac­turas mucho más pro­fun­das y difí­ciles de reparar. En un mun­do donde la aten­ción es el recur­so más esca­so, decidir a quién se le otor­ga el próx­i­mo “click” se ha con­ver­tido en un acto de fidel­i­dad políti­ca y emo­cional.

Este artícu­lo ha sido desar­rol­la­do toman­do como base la inves­ti­gación y el reporte orig­i­nal de ALBERT STUMM Asso­ci­at­ed Press (AP)tit­u­la­do “Infi­deli­ty for the social media age: What is microcheat­ing, and is it a big deal?”.